lunes, 20 de julio de 2009
domingo, 5 de julio de 2009
ANGEL PROTETOR
ÁNGELES PROTECTORES
Como ya he dicho anteriormente, todos llevamos acompañandonos un ángel de la guarda que nos guía y nos protege por el largo y duro camino que rrecorremos a lo largo de nuestras vidas, a parte de esto ángeles guardianes existen entre nosotros otors guardianes y proectores que nos acompañan según el día que hallamos nacidos nos cuidarán estos ángeles.
Como ya he dicho anteriormente, todos llevamos acompañandonos un ángel de la guarda que nos guía y nos protege por el largo y duro camino que rrecorremos a lo largo de nuestras vidas, a parte de esto ángeles guardianes existen entre nosotros otors guardianes y proectores que nos acompañan según el día que hallamos nacidos nos cuidarán estos ángeles.
ALGO DE LITERATURA
Para que conoscamos un poquito de la literatura de Mario vargas llosa el recien desaparecido escritor. En una de sus obras Lutima en los Andes.
Por Gonzalo Valdivia, en 18 de Junio de 2008
La novela Lituma en los Andes (1993) de Mario Vargas Llosa no solo trata de la guerra anti subversiva en el Perú de los ochentas sino que organiza una poética de desprecio hacia el poblador andino y su cultura.
Para vigorizar este desprecio Vargas Llosa actualiza el paradigma de civilización y barbarie en la ficción de su novela Lituma en los Andes, pero con una carga política y programática neoliberal tan burda que llega a desmerecer la materia narrativa en pro de un discurso didáctico esencialista que ve al indio como personaje degradado, indiferenciado en la conciencia del protagonista Lituma, quien paradójicamente lleva apellido indio, pero juzga, censura y reflexiona desde el discurso dominante de tipo colonial, donde el blanco, el occidental será el portador de la cultura, el progreso y la civilización, mientras que el Otro andino tendrá un nivel espiritual primitivo vinculado a ritos sangrientos, costumbres y descripciones repulsivas haciendo tabla rasa de la diferenciación étnica e idiomática andina. Es necesaria la libertad del artista, pero la literatura debe mantener una distancia saludable respecto a la política, cuyo discurso subyacente es más denso que la ficción, llegando a opacarla, caso de esta novela del realismo latinoamericano, que hace una historiografía de los Andes como espacio disfórico o negativo de la novela, gracias a la construcción de una racionalidad occidentalizada de un costeño, de nivel, cultural bajo como el cabo Lituma, que polariza sus valores de apreciación en la dicotomía costa/sierra, costeño/serrano, o costeño/serrucho, cuyo efecto es omnipresente en la novela.
La poética del desprecio tiene dos fases separadas pero con interacciones en pro del efecto de desprestigio del hombre andino y su cultura ancestral, la primera es la fecalización del poblador y del espacio andinos, logrado al explotar los prejuicios colectivos de la capital limeña y de la dicotomía costeño/serrucho como espíritu de la novela. La fecalización del indio destruye contundentemente todo rasgo humano de su cultura al representar a los runas en la etapa anal freudiana, como sujetos carentes de control sobre sí mismos y por ello dignos de control o tutela, a modo de niños que ensucian los pañales o ancianos decrépitos, en tanto alegoría a la caducidad de una cultura que representa valores disfóricos o antivalores para Vargas Llosa.
El “serrucho” (poblador andino, indiferenciado por la conciencia costeña) es el objeto del discurso colonial de la voz del narrador y de la conciencia de Lituma, aún de los prejuicios y programas de Mario Vargas Llosa como escritor e intelectual de derecha, que ha renegado de sus orígenes de izquierda desde su éxito en el boom latinoamericano.
Esta fecalización entra en valor con cada “serruchos de mierda”, sintagma recurrente en la voz del cabo Lituma y logra colocar al poblador andino como antimodelo de la nación peruana. El serrano indeseable, fecal, contamina el ánimo de Lituma haciéndolo explotar de rabia, cada vez que tiene que relacionarlos con algún hecho subversivo o de conductas sangrientas propias de rituales ancestrales.
El segundo sintagma corresponde al genocidio simbólico de la cultura andina en la narrativa de Vargas Llosa, dada la connotación de la interjección concha de su madre, que el sujeto requintado regrese al útero que lo engendró, en la forma más gruesa y brutal del lenguaje castellano. La madre mentada es sancionada también al momento del insulto, ya que su “falta” o “pecado” es parir al sujeto requintado. Los indios del Perú están condenados desde su origen para Vargas Llosa, y estarán más requintados en tanto sean más auténticos o consecuentes con las tradiciones de su cultura milenaria. El indio que no se deja dominar o que no reniega de ser indio, ya que no puede renunciar a serlo, es “un concha de su madre en la narrativa de Vargas Llosa”.
La forma de dorar la píldora de este genocidio simbólico es representar la redención de dos personajes serranos, la más simple consiste en la descripción de Carreñito, adjunto del cabo Lituma: “aunque nacido en Sicuani y quechua hablante, Tomás parecía un criollo.” El serrucho acriollado es valorado por Lituma, conciencia narrativa que carga sobre su cabeza la penosa tarea de reproducir el discurso neoliberal cuyo programa consiste en el exterminio de la cultura andina dentro de la asimilación de los andes y del poblador andino a la civilización occidental, en tanto los blancos administren y decidan la suerte de runas y del ande. Si Lituma no es un blanco biológico, sí es un agente del orden que propaga el discurso colonial, que debe rendir cuentas al programa de dominación de un estado y de una élite centralista, que temen perder su control sobre el país y proyectan sus miedos al degradar al otro andino desde el origen.
El segundo serrano redimido es el mudito Pedro Tinoco, sirviente de Lituma, sobreviviente a Sendero Luminoso, salvado por su ignorancia e inocencia, por su comunión con la naturaleza, en un tinte lírico, quien antes de ser sacrificado por el ritual de Naccos, recuerda a sus vicuñas: “Se tocarían, se abrazarían, se enredarían y se olvidarían ellas y él del mundo, jugando y festejando el estar juntos.” Este fugaz rescate de la arcadia andina huele a parodia de Arguedas, por ser un breve pasaje incrustado en una extensa reproducción de la poética del desprecio que llegó a deshora en una narración cansada y fatigante para el lector que urga en la condena social, racial e histórica de la cultura andina.
El clímax del genocidio simbólico surge en un momento de rabia de Lituma, al regresar de la mina La Esperanza y sentirse solo ante el paisaje serrano:
“-¡Jijunagrandísimas!-rugió entonces, con todas sus fuerzas- ¡Serranos de mierda! ¡Supersticiosos, idólatras, indios de mierda, hijos de la grandísima puta!”
Esta amplificatio (amplificación retórica) o enumeración de insultos y adjetivos reúne la fecalización y el genocidio simbólico del ande, en una voz tan violenta con el ande como lo pudo ser Sendero Luminoso en su crónica de acciones armadas en la región, actualizada en esta novela. Lituma requinta a los indios desde lo alto de la ladera, sintiéndose superior, para convencer a la voz de Lituma de ello, el autor Mario Vargas Llosa lo dota de largo aliento para una extensa cadena fónica estridente. Acá estamos frente a otro estereotipo: el dominio del lenguaje corresponde al costeño, no al “serrucho”. El indio se queda callado mientras el costeño, el criollo, o el indio acriollado le insulta. En este momento de catarsis para el personaje Lituma, el odio fluye liberado de su conciencia para materializarse en ondas audibles que mezclan e indiferencian la mierda, la puta, y la gran puta (¡Jijunagrandísimas!) con una enumeración de vicios o defectos del carácter como “supersticiosos e idólatras”. El Otro andino en este contundente pasaje está siendo golpeado en todo su ser y por todos los ángulos posibles; las madres serranas están despreciadas como putas, los indios fecalizados para producir rechazo en el lector con el genitivo recurrente en la obra “de mierda”. Este pasaje de máxima abyección presenta a Lituma declamando un discurso aprehendido de la conciencia colectiva costeña que rechaza y desprecia al ande.
El episodio del huayco permite tener a Lituma la última palabra en la guerra de insultos que significa la dicotomía de la cosmovisión quechua y costeña, en la burlona y fingida reconciliación entre Lituma y la sierra, el cabo expresa a modo de despedida: “Gracias por salvarme la vida, mamay, apu, pachamama o quien chucha seas.” Dentro de su estrategia de desmitificación de la cosmovisión andina por el desprecio, es un hito importante el paso de la vagina, expresado en el “concha de su madre” al “chucha”, abismo más absorbente y mezclador de dioses, diosas, mitos, pobladores y espacio andino. Mario Vargas Llosa logra “revolver” en esta “olímpica chucha”, todo el campo semántico de los andes, en tanto activan nuestra memoria como saber lingüístico, por la relación significante (Andes) - significado (sierra), o en tanto corresponden a un saber enciclopédico o saber del mundo, acerca de la sierra peruana. La evolución máxima del desprecio de Lituma es requintar a todo el Panteón andino, en un genocidio simbólico de la religiosidad nativa de la región, que busca desacreditar la capacidad espiritual del poblador andino por medio del ensanchamiento del significado de chucha.
Finalmente, queda leer esta obra sin contaminarse de prejuicios políticos, sin odiar al hombre andino y sin aprobar una desmitificación tan soez de su cultura ancestral.
Por Gonzalo Valdivia, en 18 de Junio de 2008
La novela Lituma en los Andes (1993) de Mario Vargas Llosa no solo trata de la guerra anti subversiva en el Perú de los ochentas sino que organiza una poética de desprecio hacia el poblador andino y su cultura.
Para vigorizar este desprecio Vargas Llosa actualiza el paradigma de civilización y barbarie en la ficción de su novela Lituma en los Andes, pero con una carga política y programática neoliberal tan burda que llega a desmerecer la materia narrativa en pro de un discurso didáctico esencialista que ve al indio como personaje degradado, indiferenciado en la conciencia del protagonista Lituma, quien paradójicamente lleva apellido indio, pero juzga, censura y reflexiona desde el discurso dominante de tipo colonial, donde el blanco, el occidental será el portador de la cultura, el progreso y la civilización, mientras que el Otro andino tendrá un nivel espiritual primitivo vinculado a ritos sangrientos, costumbres y descripciones repulsivas haciendo tabla rasa de la diferenciación étnica e idiomática andina. Es necesaria la libertad del artista, pero la literatura debe mantener una distancia saludable respecto a la política, cuyo discurso subyacente es más denso que la ficción, llegando a opacarla, caso de esta novela del realismo latinoamericano, que hace una historiografía de los Andes como espacio disfórico o negativo de la novela, gracias a la construcción de una racionalidad occidentalizada de un costeño, de nivel, cultural bajo como el cabo Lituma, que polariza sus valores de apreciación en la dicotomía costa/sierra, costeño/serrano, o costeño/serrucho, cuyo efecto es omnipresente en la novela.
La poética del desprecio tiene dos fases separadas pero con interacciones en pro del efecto de desprestigio del hombre andino y su cultura ancestral, la primera es la fecalización del poblador y del espacio andinos, logrado al explotar los prejuicios colectivos de la capital limeña y de la dicotomía costeño/serrucho como espíritu de la novela. La fecalización del indio destruye contundentemente todo rasgo humano de su cultura al representar a los runas en la etapa anal freudiana, como sujetos carentes de control sobre sí mismos y por ello dignos de control o tutela, a modo de niños que ensucian los pañales o ancianos decrépitos, en tanto alegoría a la caducidad de una cultura que representa valores disfóricos o antivalores para Vargas Llosa.
El “serrucho” (poblador andino, indiferenciado por la conciencia costeña) es el objeto del discurso colonial de la voz del narrador y de la conciencia de Lituma, aún de los prejuicios y programas de Mario Vargas Llosa como escritor e intelectual de derecha, que ha renegado de sus orígenes de izquierda desde su éxito en el boom latinoamericano.
Esta fecalización entra en valor con cada “serruchos de mierda”, sintagma recurrente en la voz del cabo Lituma y logra colocar al poblador andino como antimodelo de la nación peruana. El serrano indeseable, fecal, contamina el ánimo de Lituma haciéndolo explotar de rabia, cada vez que tiene que relacionarlos con algún hecho subversivo o de conductas sangrientas propias de rituales ancestrales.
El segundo sintagma corresponde al genocidio simbólico de la cultura andina en la narrativa de Vargas Llosa, dada la connotación de la interjección concha de su madre, que el sujeto requintado regrese al útero que lo engendró, en la forma más gruesa y brutal del lenguaje castellano. La madre mentada es sancionada también al momento del insulto, ya que su “falta” o “pecado” es parir al sujeto requintado. Los indios del Perú están condenados desde su origen para Vargas Llosa, y estarán más requintados en tanto sean más auténticos o consecuentes con las tradiciones de su cultura milenaria. El indio que no se deja dominar o que no reniega de ser indio, ya que no puede renunciar a serlo, es “un concha de su madre en la narrativa de Vargas Llosa”.
La forma de dorar la píldora de este genocidio simbólico es representar la redención de dos personajes serranos, la más simple consiste en la descripción de Carreñito, adjunto del cabo Lituma: “aunque nacido en Sicuani y quechua hablante, Tomás parecía un criollo.” El serrucho acriollado es valorado por Lituma, conciencia narrativa que carga sobre su cabeza la penosa tarea de reproducir el discurso neoliberal cuyo programa consiste en el exterminio de la cultura andina dentro de la asimilación de los andes y del poblador andino a la civilización occidental, en tanto los blancos administren y decidan la suerte de runas y del ande. Si Lituma no es un blanco biológico, sí es un agente del orden que propaga el discurso colonial, que debe rendir cuentas al programa de dominación de un estado y de una élite centralista, que temen perder su control sobre el país y proyectan sus miedos al degradar al otro andino desde el origen.
El segundo serrano redimido es el mudito Pedro Tinoco, sirviente de Lituma, sobreviviente a Sendero Luminoso, salvado por su ignorancia e inocencia, por su comunión con la naturaleza, en un tinte lírico, quien antes de ser sacrificado por el ritual de Naccos, recuerda a sus vicuñas: “Se tocarían, se abrazarían, se enredarían y se olvidarían ellas y él del mundo, jugando y festejando el estar juntos.” Este fugaz rescate de la arcadia andina huele a parodia de Arguedas, por ser un breve pasaje incrustado en una extensa reproducción de la poética del desprecio que llegó a deshora en una narración cansada y fatigante para el lector que urga en la condena social, racial e histórica de la cultura andina.
El clímax del genocidio simbólico surge en un momento de rabia de Lituma, al regresar de la mina La Esperanza y sentirse solo ante el paisaje serrano:
“-¡Jijunagrandísimas!-rugió entonces, con todas sus fuerzas- ¡Serranos de mierda! ¡Supersticiosos, idólatras, indios de mierda, hijos de la grandísima puta!”
Esta amplificatio (amplificación retórica) o enumeración de insultos y adjetivos reúne la fecalización y el genocidio simbólico del ande, en una voz tan violenta con el ande como lo pudo ser Sendero Luminoso en su crónica de acciones armadas en la región, actualizada en esta novela. Lituma requinta a los indios desde lo alto de la ladera, sintiéndose superior, para convencer a la voz de Lituma de ello, el autor Mario Vargas Llosa lo dota de largo aliento para una extensa cadena fónica estridente. Acá estamos frente a otro estereotipo: el dominio del lenguaje corresponde al costeño, no al “serrucho”. El indio se queda callado mientras el costeño, el criollo, o el indio acriollado le insulta. En este momento de catarsis para el personaje Lituma, el odio fluye liberado de su conciencia para materializarse en ondas audibles que mezclan e indiferencian la mierda, la puta, y la gran puta (¡Jijunagrandísimas!) con una enumeración de vicios o defectos del carácter como “supersticiosos e idólatras”. El Otro andino en este contundente pasaje está siendo golpeado en todo su ser y por todos los ángulos posibles; las madres serranas están despreciadas como putas, los indios fecalizados para producir rechazo en el lector con el genitivo recurrente en la obra “de mierda”. Este pasaje de máxima abyección presenta a Lituma declamando un discurso aprehendido de la conciencia colectiva costeña que rechaza y desprecia al ande.
El episodio del huayco permite tener a Lituma la última palabra en la guerra de insultos que significa la dicotomía de la cosmovisión quechua y costeña, en la burlona y fingida reconciliación entre Lituma y la sierra, el cabo expresa a modo de despedida: “Gracias por salvarme la vida, mamay, apu, pachamama o quien chucha seas.” Dentro de su estrategia de desmitificación de la cosmovisión andina por el desprecio, es un hito importante el paso de la vagina, expresado en el “concha de su madre” al “chucha”, abismo más absorbente y mezclador de dioses, diosas, mitos, pobladores y espacio andino. Mario Vargas Llosa logra “revolver” en esta “olímpica chucha”, todo el campo semántico de los andes, en tanto activan nuestra memoria como saber lingüístico, por la relación significante (Andes) - significado (sierra), o en tanto corresponden a un saber enciclopédico o saber del mundo, acerca de la sierra peruana. La evolución máxima del desprecio de Lituma es requintar a todo el Panteón andino, en un genocidio simbólico de la religiosidad nativa de la región, que busca desacreditar la capacidad espiritual del poblador andino por medio del ensanchamiento del significado de chucha.
Finalmente, queda leer esta obra sin contaminarse de prejuicios políticos, sin odiar al hombre andino y sin aprobar una desmitificación tan soez de su cultura ancestral.
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